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Apuntes. 97

“Si el libro no tiene eso, inefable, milagroso, que hace que una palabra común, oída mil veces, sorprenda y golpee; si cada página puede pasarse sin que la mano tiemble un poco; si las palabras no pueden sostenerse por sí mismas, sin los andamios del argumento; si la emoción sencilla, encontrada sin buscarla, no está presente en cada línea, ¿qué es un libro? ¿Quién es José García? ¿Quién es ese José García que quiere escribir, que necesita escribir, que todas las noches se sienta esperanzado ante un cuaderno en blanco y se levanta jadeante, exhausto, después de haber escrito cuatro o cinco páginas en las que todo eso falta?”

*

¿Cómo harán los que escriben? ¿Cómo lograrán que sus palabras los obedezcan? Las mías van por donde quieren, por donde pueden. 

[Josefina Vicens, en El libro vacío.]

Apuntes. 96

“Las mentiras resultan ser las mejores aliadas de la verdad y en ello reside buena parte de su valor: descubren cuando desean ocultar.”

[Guillermo Fadanelli, en “El ‘campeón’ Pinkerton”.]

Contra la satanización de las drogas

Paso el domingo leyendo los periódicos, que se han convertido en una larga sección de esquelas, monumentos fúnebres de la hora nacional. Mi lectura es bipolar. A veces presiento con entusiasmo que la sociedad mexicana se ha despertado de su largo sueño conformista, que ha dejado al fin de mirar pasivamente el espectáculo de su desesperanza. Pero en seguida me encuentro con el espíritu contrario, un grupo desconsolador de articulistas, políticos e intelectuales que atizan contra la sociedad organizada, como si ésta no mereciera ser escuchada, como si no comprendieran que además de mirar la televisión los mexicanos quieren también recuperar las calles, actuar sobre las posibilidades de su destino, más allá de las lápidas futuras que les asegura la soberbia gubernamental, la mezquindad de los partidos políticos y, sobre todo, la impunidad de la que se han valido los criminales para fortalecerse y ser cada vez más viles. Los críticos de la marcha se contradicen: exigen a la sociedad que no sólo increpe y reclame (aunque lo haga legítimamente) a sus políticos, es decir, que no delegue toda la responsabilidad sobre la realidad del país al gobierno que la representa.  Pero cuando esa sociedad sale de su letargo, justo cuando adquiere una conciencia imprevista sobre la necesidad de su participación activa en la mudanza del país, los críticos ya no la quieren, se amedrentan y escandalizan. Hay una hipocresía, una contradicción flagrante, entre los  críticos que promueven lo que en el fondo aborrecen: la participación ciudadana, la auténtica democracia donde también existe el disenso (no eso que ellos llaman “odio”, para despertar una vez más el fantasma del miedo que inmoviliza a la sociedad).  Ahí se ha abierto una tensión no resuelta, una discusión al interior de la casa.
 
Paso la página y aparecen las fosas comunes, el país convertido en un cementerio sin condolencias, sin desagravio, sin explicaciones. Me pregunto entonces si no hemos agotado ya nuestras reservas de demencia e insensibilidad. La indiferencia del Estado mexicano es  escalofriante. Ni siquiera se vale de las gesticulaciones humanitarias y los símbolos propios de la política para hacer un pronunciamiento, decretar por ejemplo un día de Luto Nacional como ha sucedido en Brasil después de la masacre en una escuela de Río de Janeiro. Lo que queda es la frialdad y (otra vez) el desentendimiento: la culpa es de los otros, los gobernantes de Tamaulipas, los que no apoyan al presidente. He aquí la tónica desalentadora que nos llega de los voceros oficiales, el balbuceante “¿Y yo por qué?”, una de las más lamentables herencias de la transición democrática en México. Eso podría dejarnos desvalidos. Pero ante la incapacidad cada vez más evidente del gobierno y sus instituciones para asumir su responsabilidad, la sociedad (o esa parte consciente, lúcida, sensible, crítica  de la sociedad que no se ha hundido por completo en la desesperación) responde de nueva cuenta con una movilización, para el 8 de mayo, marchas, acciones poéticas, discusiones públicas, tuits como telegramas del descontento. Ese impulso, ese llamado a cuentas, esa naciente autogestión, no debería perderse, aunque supongo que tendrá que bregar a contracorriente.
 
Una intuición recorre la atmósfera de las últimas semanas: este país sólo se puede salvar a través de sus habitantes. No con una clase política que lleva casi un siglo en estado de descomposición, sino con la práctica de la acción directa no violenta de sus ciudadanos. ¿Cómo articular esa movimiento de la sociedad civil? ¿Cómo presionar a la clase política para que se integre a esa corriente (y no al revés), para que opere en sí misma una auténtica transfiguración? No lo sé. Es algo que estamos inventando. Me parece importante, por lo pronto, que los individuos se expresen, hablen entre sí, disientan y sigan discutiendo públicamente y a través de distintos medios sobre nuestra aterradora situación actual y las posibles vías de salida. Aunque no siempre comparta sus argumentos. (El diálogo o el acuerdo no necesita suprimir las ideologías; sólo el Pensamiento Único, hoy puesto en duda, supone que la democracia significa unanimidad, neutralización de las diferencias.) Discrepo, por ejemplo, de la postura que ha adoptado desde hace tiempo Heriberto Yépez frente a la iniciativa sobre la legalización de las drogas (no es una iniciativa ni nueva ni exclusiva de los mal llamados intelectuales, pero es a partir de ahí que escribe Heriberto).  Aunque comparta con él muchas otras ideas, me parece que su llamado a la abstinencia, al no consumo de drogas, equivoca el blanco, convirtiendo a los consumidores en cómplices de la violencia, es decir, criminalizándolos. Ese discurso (hacer del fumador de mariguana un criminal) fue abolido en 2009 de la legislación mexicana, eliminando todas las sanciones por cantidades para uso personal y por eso su retorno, aunque sea sólo sugerido, me parece francamente reaccionario. Los argumentos de Yépez aparecieron en Milenio: http://impreso.milenio.com/node/8944816. Y yo le respondo así:

1/ ¿Por qué se droga la gente? ¿Por comodidad? ¿Por hedonismo? ¿Porque busca una percepción distinta de la realidad? ¿Por desesperación? ¿Por soledad? ¿Por nihilismo? ¿Por evasión? ¿Por sensualismo? ¿Por el deseo de un momento estético distinto al de la intolerable normalidad? ¿Porque busca un estado de conciencia superior? Por esas y muchas otras razones que son, en todo caso, decisiones individuales. Una ética de la abstinencia como la que propones, Heriberto, es una ética puritana, represiva (controlar el placer), que niega una parte de la naturaleza humana. Bajo esa ética se han prohibido históricamente todos los placeres: desde la masturbación hasta la mariguana. Y como escribe Foucault en Historia de la sexualidad, estigmatizarlos como vicios no hizo que disminuyeran. Todo lo contrario: alimentaron una compulsión masturbatoria.

2/ En su ensayo Contra los no fumadores, el escritor Richard Klein dice: “La represión a menudo asegura que cuando regrese lo reprimido lo haga de manera violenta e hiperbólica. Siempre que lo insalubre es demonizado se vuelve irresistible, acompañado de toda la seducción del vicio y el feroz encanto de lo que no debiera salir a la luz. La censura alienta de manera inevitable la mismísima práctica que se desea inhibir y, por lo común en el intento la vuelve, por ilícita, más peligrosa.” Estamos metidos, pues, en una enorme contradicción provocada por la moral que condena todo lo que no sea renuncia, trabajo, decencia, productividad. Insisto: una moral puritana, la misma que llevó a Estados Unidos a prohibir el alcohol y provocar el crecimiento potencial de la mafia. ¿Por qué la gente tendría que dejar de beber con sus amigos, con sus amantes, para animar una conversación o para hacer el amor en un escenario distinto? ¿O para disfrutar un banquete filosófico? Si en ello no hay un atropello de los derechos de otros, si se hace con responsabilidad, ¿por qué es condenable? Las drogas, el cigarro, el alcohol, forman parte de la cultura y la civilización, y hemos convivido con ellos históricamente, para comulgar con los dioses paganos o cristianos, desde Eleusis hasta Wirikuta, donde habita el dios huichol del peyote. Nuestra relación con estas sustancias debería partir de la indagación personal (y comunitaria) sobre su doble rostro, que ilumina y esclaviza, es decir, sobre sus bondades y efectos nocivos, una tarea que han emprendido filósofos como Antonio Escohotado, con un ánimo infinitamente más generoso y lúcido (verdadero generador de conocimiento) que el de los abogados de la censura y la prohibición. Es ese el tono que adoptas en tu artículo, Heriberto, donde prevalece un discurso culpígeno: no tengo derecho a pedir un mundo distinto porque fumo mariguana, no tengo derecho, aunque nunca haya asaltado a nadie ni tenga un monopolio que impida el reparto democrático de las comunicaciones; soy mariguano, soy cómplice del Mal, soy víctima del maniqueísmo que ha puesto a esta sustancia en la mirilla de las conductas reprobables, mientras explotar a millones de trabajadores en las maquiladoras en condiciones cercanas a la miseria y la esclavitud, sea legal y hasta contribuya al PIB). No se trata de una postura provocadora, sino de signo contrario: moralina, conservadora, ciega ante las evidencias sobre los resultados catastróficos que ha tenido en el mundo la tendencia prohibicionista a cuarenta años de que el presidente Nixon, en Estados Unidos, declarara la guerra global contra las drogas, sin la menor señal de triunfo y con la amenaza de que la violencia se extienda ahora hasta Centroamérica y el Cono Sur.

3/ En México, en estos momentos, mueren muchas más personas por la guerra contra el narco que por el efecto  que provoca el consumo inmoderado de algunas drogas. Si este no es un argumento suficiente para revisar, desde un punto de vista incluso pragmático, la estrategia antidrogas, entonces es que en el fondo las motivaciones son de otra índole. No me ocuparé aquí de los argumentos económicos, la relación entre el lavado de dinero y el sistema financiero internacional, que varios economistas han puesto en evidencia. Me inquieta sobre todo los excesos de una vigilancia que se podría extender hasta el interior de nuestra vida privada (y del que te vuelves vocero involuntario con ecuaciones como “No más sangre = No más drogas”). “Si el interés de los censores –dice de nuevo Klein– no reside en promover subrepticiamente lo que pretenden aborrecer, su objetivo sí es ampliar el poder de vigilancia, intensificar la reglamentación e incrementar el principio del patrullaje en general.” Como suele suceder con demasiada frecuencia, detrás de los argumentos morales, se esconde un asunto de poder.

4/ Hace meses que no prendo un churro, pero si lo hiciera, no tendría por qué sentir que estoy, por eso, del lado del “mal”, como no lo hago cuando acompaño mi comida al lado de mi hijo y mi esposo, con una botella de vino tinto. ¿Cuál es la diferencia? Que una es legal y la otra no. Punto. Debería, si quisiera, poder cosechar mariguana en mi casa, bajo el consejo de los conocedores, del mismo modo que debería poder sembrar hortalizas en mi azotea (al casero le parece poco higiénico), para mi autoconsumo. De ese modo, evitaría a los intermediarios, que todo lo encarecen, las adulteraciones, el gasto de combustible, el empleo de químicos y transgénicos, el mercado negro, la especulación inmoderada, la corrupción multimillonaria de funcionarios públicos, policías y empresarios, el lavado de dinero, las ejecuciones violentas, las muertes civiles.

5/ Soy un individuo libre y consciente: dejé de fumar cigarrillos hace diez años, cuando comenzaba a tocar el fondo de las dos cajetillas diarias, para escribir. La nicotina me empezó a parecer mortuoria, me sentía a los 28 años con los pulmones de una anciana. Lo hice por decisión propia, porque comencé a preguntarme de dónde venía mis impulsos autodestructivos o simplemente porque tosía como tuberculosa, una enfermedad que había perdido brillo literario. Pero no por eso me convertí en una fanática antitabaco, ni en profeta, ni legisladora; no tengo por qué importunar los placeres o los impulsos suicidas de los otros, creyendo que de ese modo me libraré de mis propios impulsos autorreprimidos, de mi incapacidad para la moderación. Digo esto, porque estoy convencida, como lo saben todos los ex alcohólicos o ex adictos o ex fumadores, que ninguna disuasión puede venir desde el exterior, mucho menos desde el púlpito o la policía. Sólo puede hacerse desde la conciencia individual, desde el deseo íntimo de hacer el duelo y dejar esa bella aunque sombría (“sublime”, la llama Klein) compañía que es el tabaco o la mariguana o el mezcal antes de escribir, en los momentos de desesperación y desconsuelo, mientras se baila gozosamente en una fiesta, cuando se ha perdido el empleo o se necesita mitigar una ansiedad. Los censores no entienden eso: la libertad individual (mucho menos el placer). “De mi piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera”, dice el epígrafe de Aprendiendo de las drogas, de Escohotado. El cuerpo es nuestra última zona autónoma, el lugar donde pensamos, deseamos, percibimos y discutimos el mundo, libremente. Sólo una lobotomía, las castraciones vejatorias de la Edad Media, las infibulaciones de las mujeres musulmanas, pueden inhibir autoritariamente los placeres de la imaginación o el sexo, la búsqueda humana de la dicha. Entonces: el realismo nos exige reconocer que nunca la prohibición ha impedido que la gente se masturbe o se embriague, y lo seguirá haciendo por medios lícitos o ilícitos. Todo lo contrario: su persecución fanática sólo ha reforzado la práctica que desea abolir, dando origen a toda una corriente subterránea, ilegal, clandestina, que la propicia y hace posible. ¿Por qué se insiste entonces en la censura en lugar de poner en circulación toda la información posible sobre las drogas, sobre sus efectos, su toxicología, su relación con la cultura? Si no sólo se hablara de los terrores del hachís o la ayahuasca, sino también del  beneficio estético y hasta espiritual que han extraído de ellas incontables artistas y poetas y músicos y científicos, para ampliar nuestra mirada más allá de la percepción sesgada de la sobriedad; si se aprendiera de las drogas sin prejuicios maniqueos, los adolescentes y los niños no estarían a merced de la extorsión, sino que serían acompañados por sus padres y maestros (o por los libros) en la posibilidad de conocerse a sí mismos, y aprender a decidir soberanamente sobre su cuerpo.

6/ (“Al reír siente uno cómo le crecen pequeñas alas. La risa y el aleteo son parientes… Especie de baile en puntas de la razón”, escribe Walter Benjamin durante una exploración de hachís. ¿Qué hay de nocivo en ser visitados de vez en cuando por la inteligencia cómica, por la risa, el juego, el humor?)

7/ Las argumentaciones a favor de la despenalización de las drogas no son recientes ni se presentan con esa simplificación burda que tú (y también Carlos Marín) alega: tienen por lo menos cuarenta años e incluyen entre sus defensores a escritores, científicos, filósofos, economistas, estadistas, abogados, legisladores y hasta empresarios, lo mismo liberales que de izquierda, anarquistas y pequeños propietarios. Insistes, Heriberto, en que los intelectuales defienden la legalización, pero no han dicho cómo. Te equivocas. Existen incontables propuestas sobre esa transición (desde todos los puntos de vista, legales y mercantiles, sanitarios y educativos, etc.) Que no las conozcas, que no hayas investigado sobre ellas, no significa que no existan. (Comparto contigo algunos links y bibliografía al final de mi perorata.) En la mismísima cámara de diputados se han planteado (con la participación de médicos, activistas, politólogos, psiquiatras), los modos y los tiempos en que podría suceder esa regulación. Las deliberaciones fueron públicas, se transmitieron por televisión y la gente de a pie podía asistir a ellas. Asomarse a la propuesta de California, también podría esclarecerte el panorama. Por supuesto que podemos imaginar un mundo post narco, ya existe: es el mundo post mafia, sin encarnaciones del bien y del mal, Alcapone vs. Ness, con vinaterías abiertas, mayoría de edad para el consumo, campañas de prevención, pago de impuestos, gasto público en educación. Habrá adictos, como hay alcohólicos y televiciosos. Pero no 40,000 muertos sin rostro. Y entonces nos sentaríamos a pensar si acudimos a las drogas porque nos hemos quedado sin dioses o por espíritu lúdico o porque sentimos horror de nosotros mismos o porque la sobriedad no alcanza para tolerar a nuestros semejantes o por hastío o ritual o lo que sea. Y veríamos si una vez desmantelada la principal fuente de ingresos del crimen organizado, podría perpetuar su poder corruptor.

8/ Nadie podría decir ahora que la legalización de las drogas es la panacea frente al abismo mexicano. Cuatro décadas de prohibición y pactos en lo oscurito crearon condiciones de impunidad que hoy avanzan por muchas otras direcciones. Pero la única forma de contener lo que parece ya incontenible es reduciendo los espacios de acción del crimen que hoy encuentra en el mercado ilegal de drogas la mayor fuente de su poder económico y su arsenal de armas. Lo cierto es que si desde hace cuarenta años se hubieran atendido los argumentos de despenalización toda esta pesadilla criminal se habría reducido (como sucedió cuando se legalizó el alcohol en Estados Unidos); si desde entonces la moral puritana (o los intereses comerciales que aguardaban detrás de ella) hubiera tratado de ver las cosas desde otro punto de vista, no tendríamos por qué renunciar al derecho individual de conocer el mundo por otros medios, ya sean los libros, el internet, el hachís o la meditación zen. Pero el narco también es mercado, en su estado salvaje, y su ilegalidad ha convenido a todo un sistema financiero que se ha dejado penetrar por el lavado de dinero desde hace décadas. Es a ellos a quienes hay que pedirles que dejen el discurso de la doble moral: condenar públicamente al narco y aceptar bajo la mesa, sus dádivas y sobornos.

9/ Para terminar (y volver a la escritura). Sabes que leo con interés, a veces con complicidad, tus ensayos y artículos desde hace tiempo. Trato aquí de ampliar la discusión, más allá de la falacia, la simplificación, el desconocimiento y, sobre todo, el retorno de una moral policiaca para justificar una guerra inútil y de antemano perdida. Podría sumarme a tu llamado de no consumir drogas en tanto estén en manos criminales (también se podría invitar al cultivo de hidroponias y al autoconsumo), si de tu parte y la de todos los detractores rígidos de la legalización se sentaran también a escuchar las propuestas de miles de organizaciones civiles del mundo entero que hoy diseñan proyectos viables y detallados de otra realidad posible, infinitamente menos oscurantista e irracional. Lo que trato de argüir aquí en definitiva es que no ha sido el consumo, sino la clasificación de las drogas como delito, lo que las ha convertido en el negocio del siglo. Entender eso es complejo, pero nos tiene metidos en una encrucijada tan escabrosa que deberíamos darnos el tiempo de pensar mejor nuestros argumentos. Cuando llamas a los marchistas a no consumir drogas (suponiendo arbitrariamente que todos ellos las consumen o son clientes morosos de algún dealer), ¿lo haces por espíritu de provocación o porque realmente crees que eso llevará a la quiebra al Cártel de Sinaloa? Acudir al cliché del escritor como mariguano o cocainómano es absurdo. Las arcas millonarias del narco no las alimentan los tres o cuatro poetas de tu barrio, sino millones de personas que forman parte de esta sociedad dopada, desesperanzada, y para colmo, criminalizada. Discutamos sobre eso.


un abrazo,
v[ivian abenshushan]

Entre bomberazos, bomberos, mucho calor y Daniela Romo.

Apuntes. 95

La culpa puede convertirse en un refugio. Pero en ocasiones adquiere las dimensiones de un estadio de béisbol. Y el parque está repleto. Y sientes a los aficionados gritarte antes de cada lanzamiento.

[Carlos Velázquez, en La marrana negra de la literatura rosa.]

Apuntes. 94

Con el frío aumenta la claridad.

&

Con la claridad aumenta el frío.

[Thomas Bernhard, en Mis premios.]

Luz María Dávila / I

Hace aproximadamente siete meses, las palabras con las que Luz María Dávila imprecara al presidente Calderón le dieron la vuelta a la nación. Apenas unos días antes, en lo que todavía se denomina como una “equivocación”, un comando había asesinado a 17 jóvenes que participaban de un convivio en Villas de Salvarcar, una colonia en el suroeste del centro urbano más peligroso de México, si no es que del mundo entero: Ciudad Juárez. Dos de esos jóvenes eran sus hijos: Marcos y José Luis Piña Dávila, de 19 y 17 años de edad respectivamente. Sus únicos hijos. Los piñitas; así les decían. La reacción de Luz María Dávila ante su pérdida personal y el dolor colectivo no sólo me conmovieron como a tantos otros sino que también me hizo sentir una especie de sedimentado orgullo por ser conciudadana de esa mujer que, como Antígona, no se amedrentaba. Admiré, pues, de entrada, su valentía. Usted no es bienvenido, señor Presidente. Yo no le doy mi mano. Y luego, a medida en que desdoblaba su lenguaje, admiré incluso más su dignidad. Ya lo decía Borges: Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados y no con los griegos victoriosos. Quizá sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas corresponde a la victoria.

La noticia de la masacre, una más en una escalada de violencia que no ha dejado de aumentar desde que el presidente Calderón impusiera unilateralmente una guerra del todo fallida sobre el país, dejó impávidos a muy pocos. Luz María Dávila, una trabajadora de una maquiladora de bocinas, había pronunciado palabras que, siendo como eran poderosas y trémulas, también eran básicas y certeras. Por esa razón, decidí entonces resaltar esas palabras suyas, mezclándolas con las de Sandra Rodríguez Nieto, una de las periodistas que reportó los eventos; así como con algunos adjetivos de Ramón López Velarde, el poeta que releía por enésima vez en ese entonces. Lo que resultó de ese primer encuentro apareció en mi blog el 12 de febrero. El texto respondió al título de La Reclamante: Discúlpeme, señor Presidente, pero no le doy/ la mano/ usted no es mi amigo. Yo/ no le puedo dar la bienvenida/ Usted no es bienvenido/ nadie lo es.// Luz María Dávila, Villas de Salvarcar, madre de Marcos y José Luis Piña Dávila de 19 y 17 años de edad.// No es justo/ mis muchachitos estaban en una fiesta/ y los mataron.// Masacre del sábado 30 de enero en Ciudad Juárez, Chihuahua, 15 muertos.// Quiero que usted se disculpe por lo que dijo/ señor Presidente, que eran pandilleros…/ ¡Es mentira!/ Uno estaba en la prepa y otro en la UACH;/ no estaban en la calle,/ estudiaban y trabajaban.// Porque aquí/ en Ciudad Juárez, póngase en mi lugar// Villas de Salvarcar, mi espalda, mi fulmínea paradoja// hace dos años que se están cometiendo asesinatos/ se están cometiendo muchas cosas// cometer es un verbo fúlgido, un radioso vértigo, un letárgico tremor// se están cometiendo muchas cosas y nadie hace algo./ Y yo sólo quiero que se haga justicia,/ y no sólo para mis dos niños// los difuntos remordidos, los fulmíneos masacrados, los fúlgidos perdidos// sino para todos. Justicia.// Encarar, espetar, reclamar, echar en cara, demandar, exigir, requerir, reivindicar.// ¡No me diga ‘por supuesto’, haga algo!/ Si a usted le hubieran matado a un hijo,/ usted debajo de las piedras buscaba al asesino// debajo de las piedras, debajo de piedras, debajo de// pero como yo no tengo los recursos// limosnas para las aves, mis huesos/ mi carne/ de tu carne mi carne// póngase en mi lugar, póngase/ mis zapatos, mis uñas, mi calosfrío estelar// no los puedo buscar porque no tengo/ recursos, tengo/ muertos a mis dos hijos.// Byagtor: entierro a cielo abierto que significa literalmente “dar limosnas a los pájaros”.// Tengo mi espalda. Mi lágrima. Mi martillo./ No tengo justicia. Póngase/ en su sitio: Villas de Salvárcar, ahí/ donde mataron a mis dos hijos.// Usted no es mi amigo, ésta/ es la mano que no le doy, póngase/ Señor Presidente/ en su lugar, le doy/mi espalda// mi sed, le doy, mi calosfrío ignoto, mi remordida ternura, mis fúlgidas aves, mis muertos// Y la mujer bajita, de suéter azul, salió del salón limpiándose las lágrimas.

En aquel entonces no sabía yo que una casualidad me llevaría a conocer personalmente a Sandra Rodríguez en la Ciudad de México y que, todavía un poco después, sería invitada a participar en un festival literario que me llevaría de regreso a Ciudad Juárez y, en consecuencia, a Luz María Dávila. En aquel entonces yo no sabía que, ante la insistencia de la pregunta acerca de los héroes del bicentenario, terminaría pensando en la conducta de esa mujer bajita de suéter azul como una que recupera, concentrándolas, siglos enteros de esas tradiciones de resistencia popular que han mantenido al país a flote ante la ineptitud de sus gobernantes. En aquel entonces no sabía yo, pues, que regresaría a su casa a preguntarle: Y a siete meses de su pérdida que es nuestra, Doña Luz María, ¿qué le diría usted ahora al Presidente?

—Cristina Rivera Garza

[Tomado de Milenio]

Rendición aparente

Hola a todos,
a raíz de los últimos acontecimientos, pero también como respuesta a meses, años de desgaste, los artistas, pensadores, lectores, escritores, profesores, estudiantes, críticos y demás ciudadanos interesados, mexicanos de nacimiento o de corazón, debemos comenzar a criticar, protestar, imaginar y proponer, de una manera activa y sistemática. Creemos que nos urge inventar recursos para ser quienes somos y no quienes nos están acorralando a ser. Tratando de superar, nosotros también, nuestra aparente rendición ante lo que nos sucede. Nuestra perplejidad constante.

Quiero invitarlos a que busquemos la manera de inventarnos entre todos un proyecto crítico y riguroso para manifestarnos contra la inseguridad que se está viviendo en México. Necesitamos cómplices, ideas, inventos. Necesitamos escucharnos los unos a los otros, saber qué nos ocurre más allá del hartazgo y el dolor, proponer caminos, encauzar quejas, rebelarnos.

Somos muchos y somos necesarios. No pueden convencernos de lo contrario. Y no podemos seguir diciendo que no hay nada que hacer, nada que inventar o nada que cambiar. Que todo va a seguir siempre igual. Porque si es así, nosotros tampoco vamos a ser distintos. Y eso no podemos aceptarlo.

Debemos ser capaces de argumentar, comprender, dialogar. Desde adentro y desde afuera. Debemos pensar que tenemos algo que decir enfrente de todo lo que está ocurriendo. Que nos toca. Que somos capaces de establecer una conversación seria y crítica alrededor de todas las cosas que nos atañen. Y que no podemos hacerlo solos. Sino que debemos recurrir a los demás para que nos ayuden a entender, a entendernos. Y, sobre todo, tenemos que hablar por / con los millones de mexicanos que no pueden hacerlo.

Porque todavía somos capaces de pensar que podemos inventar nuevas maneras de expresarnos. Y este foro es un inicio que trata de ser honesto y exigente. De evitar que sigamos resignándonos. De convertirse en algo nuestro y valioso.

Súmate a este llamado. Es una propuesta artística, radicalmente independiente y ciudadana que tiene que ver con todos nosotros. Una lectura de nuestra sociedad que hoy resulta urgente y que debemos hacer entre todos. Inventa, propón, sugiere. Y apoya esta iniciativa firmando esta carta para que podamos ver primero cuántos somos y después qué es lo que somos capaces de hacer. Qué ocurre.

Lolita Bosch

Aquí el link: nuestraaparenterendicion.blogspot.com

Con un ramillete entre los dientes

En México existe una curiosa modalidad que se entiende como el arte de la renta. Se pueden tomar en alquiler, por ejemplo, personas dispuestas a pasar por dinero dos noches de cárcel en representación nuestra cuando hemos sido sorprendidos por la policía conduciendo después de haber ingerido más alcohol que el permitido. Se puede rentar también un infante en la puerta del Museo del Niño, pues ingresar acompañado de un menor es el requisito indispensable para visitarlo. En las entradas de emergencia de los hospitales siempre hay señoras dispuestas a fungir como familiares de los pacientes, pues una de las reglas para admitir enfermos es que haya siempre algún pariente, sentado en la sala de espera todo el tiempo que dure el internamiento, que se haga responsable de la situación. Con esa misma lógica se puede rentar a sujetos que golpeen o maten a un enemigo, como a personas que presten sus nombres para que aparezcan como titulares de negocios turbios. Ante la violencia e impunidad que poco a poco toma el país en un rumbo que parece no tener marcha atrás, he pensado en más de una ocasión en alquilar a alguien que escriba en mi nombre. Una persona que pueda hacer frente a la situación sin que yo tenga que ver involucrado mi trabajo personal. Es que en México todos estamos aterrados y, sin embargo, muchos de nosotros no nos lo tomamos a título personal. Es como si existiera un país conformado sólo por arrendadores y arrendatarios. Da la impresión de que un sector de la sociedad ha rentado a otro para que haga el papel de muerto, de sicario, de descuartizado, de autoridad corrupta, de mujer desaparecida porque, aunque parezca difícil creerlo, el común de los ciudadanos cree que se trata de una situación que le atañe sólo de manera tangencial. Allá ellos, parecen decir. Mientras yo no sea rentado como víctima o victimario no tengo nada que ver en el asunto. Las imágenes más fuertes que hemos visto estas semanas, lamentablemente no tienen la novedad que algunos pretenden que posean. Más bien parece que la propaganda que despiertan ciertos hechos actuales sirven de velo para ocultar a rentados anteriores. La aparición furibunda de grupos de narcotraficantes da la idea que querer suplantar de manera perfecta a las muertas de Juárez, a las matanzas indígenas, a los secuestros y torturas que van en línea recta desde la frontera sur a la norte del país. Sólo de esa manera, en su carácter de seres rentados, es posible imaginar como algo fuera de lo común pero de alguna forma admitido, el hallazgo de un autobús estacionado al lado de una carretera con el chofer y los pasajeros perfectamente sentados pero sin cabeza, o la aparición de los cadáveres de las personas secuestradas decoradas con un rozagante ramo de flores amarillas saliendo de la boca. Deseo por eso alquilar a alguien que me suplante para yo poder vivir en esta sociedad con la conciencia tranquila. Para ser uno de los tantos mexicanos comunes y corrientes para los cuales hay sólo cierto desequilibrio social en algunas regiones. No tengo tanto dinero como para rentar un Presidente o a un grupo que haga las veces de políticos de alto nivel. Menos aún para pedir los servicios de alguien que personifique el papel de una Secretaria de Estado de un país vecino. Los imagino a los dos. Al Presidente y a la Secretaria de Estado alquilados discutiendo de asuntos cruciales con la franqueza que sólo la suplantación puede otorgar. Pero como eso no sucederá, pues ninguno de los dos expresará con franqueza lo que desea del otro ya que ambos tienen mucho que perder si lo hacen, la situación seguirá un rumbo ya entrevisto. Tal vez el hecho de rentarnos los unos a los otros de maneras tan extravagantes, nos haya llevado a perder de vista que en este extraño trueque la muerte es la única que se atreve a pedirnos en alquiler para huir después sin pagarnos ni un solo centavo a cambio.

—Mario Bellatin

[Tomado de nuestraaparenterendicion.blogspot.com]

Apuntes. 97

“Si el libro no tiene eso, inefable, milagroso, que hace que una palabra común, oída mil veces, sorprenda y golpee; si cada página puede pasarse sin que la mano tiemble un poco; si las palabras no pueden sostenerse por sí mismas, sin los andamios del argumento; si la emoción sencilla, encontrada sin buscarla, no está presente en cada línea, ¿qué es un libro? ¿Quién es José García? ¿Quién es ese José García que quiere escribir, que necesita escribir, que todas las noches se sienta esperanzado ante un cuaderno en blanco y se levanta jadeante, exhausto, después de haber escrito cuatro o cinco páginas en las que todo eso falta?”

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¿Cómo harán los que escriben? ¿Cómo lograrán que sus palabras los obedezcan? Las mías van por donde quieren, por donde pueden. 

[Josefina Vicens, en El libro vacío.]

Apuntes. 96

“Las mentiras resultan ser las mejores aliadas de la verdad y en ello reside buena parte de su valor: descubren cuando desean ocultar.”

[Guillermo Fadanelli, en “El ‘campeón’ Pinkerton”.]

Contra la satanización de las drogas

Paso el domingo leyendo los periódicos, que se han convertido en una larga sección de esquelas, monumentos fúnebres de la hora nacional. Mi lectura es bipolar. A veces presiento con entusiasmo que la sociedad mexicana se ha despertado de su largo sueño conformista, que ha dejado al fin de mirar pasivamente el espectáculo de su desesperanza. Pero en seguida me encuentro con el espíritu contrario, un grupo desconsolador de articulistas, políticos e intelectuales que atizan contra la sociedad organizada, como si ésta no mereciera ser escuchada, como si no comprendieran que además de mirar la televisión los mexicanos quieren también recuperar las calles, actuar sobre las posibilidades de su destino, más allá de las lápidas futuras que les asegura la soberbia gubernamental, la mezquindad de los partidos políticos y, sobre todo, la impunidad de la que se han valido los criminales para fortalecerse y ser cada vez más viles. Los críticos de la marcha se contradicen: exigen a la sociedad que no sólo increpe y reclame (aunque lo haga legítimamente) a sus políticos, es decir, que no delegue toda la responsabilidad sobre la realidad del país al gobierno que la representa.  Pero cuando esa sociedad sale de su letargo, justo cuando adquiere una conciencia imprevista sobre la necesidad de su participación activa en la mudanza del país, los críticos ya no la quieren, se amedrentan y escandalizan. Hay una hipocresía, una contradicción flagrante, entre los  críticos que promueven lo que en el fondo aborrecen: la participación ciudadana, la auténtica democracia donde también existe el disenso (no eso que ellos llaman “odio”, para despertar una vez más el fantasma del miedo que inmoviliza a la sociedad).  Ahí se ha abierto una tensión no resuelta, una discusión al interior de la casa.
 
Paso la página y aparecen las fosas comunes, el país convertido en un cementerio sin condolencias, sin desagravio, sin explicaciones. Me pregunto entonces si no hemos agotado ya nuestras reservas de demencia e insensibilidad. La indiferencia del Estado mexicano es  escalofriante. Ni siquiera se vale de las gesticulaciones humanitarias y los símbolos propios de la política para hacer un pronunciamiento, decretar por ejemplo un día de Luto Nacional como ha sucedido en Brasil después de la masacre en una escuela de Río de Janeiro. Lo que queda es la frialdad y (otra vez) el desentendimiento: la culpa es de los otros, los gobernantes de Tamaulipas, los que no apoyan al presidente. He aquí la tónica desalentadora que nos llega de los voceros oficiales, el balbuceante “¿Y yo por qué?”, una de las más lamentables herencias de la transición democrática en México. Eso podría dejarnos desvalidos. Pero ante la incapacidad cada vez más evidente del gobierno y sus instituciones para asumir su responsabilidad, la sociedad (o esa parte consciente, lúcida, sensible, crítica  de la sociedad que no se ha hundido por completo en la desesperación) responde de nueva cuenta con una movilización, para el 8 de mayo, marchas, acciones poéticas, discusiones públicas, tuits como telegramas del descontento. Ese impulso, ese llamado a cuentas, esa naciente autogestión, no debería perderse, aunque supongo que tendrá que bregar a contracorriente.
 
Una intuición recorre la atmósfera de las últimas semanas: este país sólo se puede salvar a través de sus habitantes. No con una clase política que lleva casi un siglo en estado de descomposición, sino con la práctica de la acción directa no violenta de sus ciudadanos. ¿Cómo articular esa movimiento de la sociedad civil? ¿Cómo presionar a la clase política para que se integre a esa corriente (y no al revés), para que opere en sí misma una auténtica transfiguración? No lo sé. Es algo que estamos inventando. Me parece importante, por lo pronto, que los individuos se expresen, hablen entre sí, disientan y sigan discutiendo públicamente y a través de distintos medios sobre nuestra aterradora situación actual y las posibles vías de salida. Aunque no siempre comparta sus argumentos. (El diálogo o el acuerdo no necesita suprimir las ideologías; sólo el Pensamiento Único, hoy puesto en duda, supone que la democracia significa unanimidad, neutralización de las diferencias.) Discrepo, por ejemplo, de la postura que ha adoptado desde hace tiempo Heriberto Yépez frente a la iniciativa sobre la legalización de las drogas (no es una iniciativa ni nueva ni exclusiva de los mal llamados intelectuales, pero es a partir de ahí que escribe Heriberto).  Aunque comparta con él muchas otras ideas, me parece que su llamado a la abstinencia, al no consumo de drogas, equivoca el blanco, convirtiendo a los consumidores en cómplices de la violencia, es decir, criminalizándolos. Ese discurso (hacer del fumador de mariguana un criminal) fue abolido en 2009 de la legislación mexicana, eliminando todas las sanciones por cantidades para uso personal y por eso su retorno, aunque sea sólo sugerido, me parece francamente reaccionario. Los argumentos de Yépez aparecieron en Milenio: http://impreso.milenio.com/node/8944816. Y yo le respondo así:

1/ ¿Por qué se droga la gente? ¿Por comodidad? ¿Por hedonismo? ¿Porque busca una percepción distinta de la realidad? ¿Por desesperación? ¿Por soledad? ¿Por nihilismo? ¿Por evasión? ¿Por sensualismo? ¿Por el deseo de un momento estético distinto al de la intolerable normalidad? ¿Porque busca un estado de conciencia superior? Por esas y muchas otras razones que son, en todo caso, decisiones individuales. Una ética de la abstinencia como la que propones, Heriberto, es una ética puritana, represiva (controlar el placer), que niega una parte de la naturaleza humana. Bajo esa ética se han prohibido históricamente todos los placeres: desde la masturbación hasta la mariguana. Y como escribe Foucault en Historia de la sexualidad, estigmatizarlos como vicios no hizo que disminuyeran. Todo lo contrario: alimentaron una compulsión masturbatoria.

2/ En su ensayo Contra los no fumadores, el escritor Richard Klein dice: “La represión a menudo asegura que cuando regrese lo reprimido lo haga de manera violenta e hiperbólica. Siempre que lo insalubre es demonizado se vuelve irresistible, acompañado de toda la seducción del vicio y el feroz encanto de lo que no debiera salir a la luz. La censura alienta de manera inevitable la mismísima práctica que se desea inhibir y, por lo común en el intento la vuelve, por ilícita, más peligrosa.” Estamos metidos, pues, en una enorme contradicción provocada por la moral que condena todo lo que no sea renuncia, trabajo, decencia, productividad. Insisto: una moral puritana, la misma que llevó a Estados Unidos a prohibir el alcohol y provocar el crecimiento potencial de la mafia. ¿Por qué la gente tendría que dejar de beber con sus amigos, con sus amantes, para animar una conversación o para hacer el amor en un escenario distinto? ¿O para disfrutar un banquete filosófico? Si en ello no hay un atropello de los derechos de otros, si se hace con responsabilidad, ¿por qué es condenable? Las drogas, el cigarro, el alcohol, forman parte de la cultura y la civilización, y hemos convivido con ellos históricamente, para comulgar con los dioses paganos o cristianos, desde Eleusis hasta Wirikuta, donde habita el dios huichol del peyote. Nuestra relación con estas sustancias debería partir de la indagación personal (y comunitaria) sobre su doble rostro, que ilumina y esclaviza, es decir, sobre sus bondades y efectos nocivos, una tarea que han emprendido filósofos como Antonio Escohotado, con un ánimo infinitamente más generoso y lúcido (verdadero generador de conocimiento) que el de los abogados de la censura y la prohibición. Es ese el tono que adoptas en tu artículo, Heriberto, donde prevalece un discurso culpígeno: no tengo derecho a pedir un mundo distinto porque fumo mariguana, no tengo derecho, aunque nunca haya asaltado a nadie ni tenga un monopolio que impida el reparto democrático de las comunicaciones; soy mariguano, soy cómplice del Mal, soy víctima del maniqueísmo que ha puesto a esta sustancia en la mirilla de las conductas reprobables, mientras explotar a millones de trabajadores en las maquiladoras en condiciones cercanas a la miseria y la esclavitud, sea legal y hasta contribuya al PIB). No se trata de una postura provocadora, sino de signo contrario: moralina, conservadora, ciega ante las evidencias sobre los resultados catastróficos que ha tenido en el mundo la tendencia prohibicionista a cuarenta años de que el presidente Nixon, en Estados Unidos, declarara la guerra global contra las drogas, sin la menor señal de triunfo y con la amenaza de que la violencia se extienda ahora hasta Centroamérica y el Cono Sur.

3/ En México, en estos momentos, mueren muchas más personas por la guerra contra el narco que por el efecto  que provoca el consumo inmoderado de algunas drogas. Si este no es un argumento suficiente para revisar, desde un punto de vista incluso pragmático, la estrategia antidrogas, entonces es que en el fondo las motivaciones son de otra índole. No me ocuparé aquí de los argumentos económicos, la relación entre el lavado de dinero y el sistema financiero internacional, que varios economistas han puesto en evidencia. Me inquieta sobre todo los excesos de una vigilancia que se podría extender hasta el interior de nuestra vida privada (y del que te vuelves vocero involuntario con ecuaciones como “No más sangre = No más drogas”). “Si el interés de los censores –dice de nuevo Klein– no reside en promover subrepticiamente lo que pretenden aborrecer, su objetivo sí es ampliar el poder de vigilancia, intensificar la reglamentación e incrementar el principio del patrullaje en general.” Como suele suceder con demasiada frecuencia, detrás de los argumentos morales, se esconde un asunto de poder.

4/ Hace meses que no prendo un churro, pero si lo hiciera, no tendría por qué sentir que estoy, por eso, del lado del “mal”, como no lo hago cuando acompaño mi comida al lado de mi hijo y mi esposo, con una botella de vino tinto. ¿Cuál es la diferencia? Que una es legal y la otra no. Punto. Debería, si quisiera, poder cosechar mariguana en mi casa, bajo el consejo de los conocedores, del mismo modo que debería poder sembrar hortalizas en mi azotea (al casero le parece poco higiénico), para mi autoconsumo. De ese modo, evitaría a los intermediarios, que todo lo encarecen, las adulteraciones, el gasto de combustible, el empleo de químicos y transgénicos, el mercado negro, la especulación inmoderada, la corrupción multimillonaria de funcionarios públicos, policías y empresarios, el lavado de dinero, las ejecuciones violentas, las muertes civiles.

5/ Soy un individuo libre y consciente: dejé de fumar cigarrillos hace diez años, cuando comenzaba a tocar el fondo de las dos cajetillas diarias, para escribir. La nicotina me empezó a parecer mortuoria, me sentía a los 28 años con los pulmones de una anciana. Lo hice por decisión propia, porque comencé a preguntarme de dónde venía mis impulsos autodestructivos o simplemente porque tosía como tuberculosa, una enfermedad que había perdido brillo literario. Pero no por eso me convertí en una fanática antitabaco, ni en profeta, ni legisladora; no tengo por qué importunar los placeres o los impulsos suicidas de los otros, creyendo que de ese modo me libraré de mis propios impulsos autorreprimidos, de mi incapacidad para la moderación. Digo esto, porque estoy convencida, como lo saben todos los ex alcohólicos o ex adictos o ex fumadores, que ninguna disuasión puede venir desde el exterior, mucho menos desde el púlpito o la policía. Sólo puede hacerse desde la conciencia individual, desde el deseo íntimo de hacer el duelo y dejar esa bella aunque sombría (“sublime”, la llama Klein) compañía que es el tabaco o la mariguana o el mezcal antes de escribir, en los momentos de desesperación y desconsuelo, mientras se baila gozosamente en una fiesta, cuando se ha perdido el empleo o se necesita mitigar una ansiedad. Los censores no entienden eso: la libertad individual (mucho menos el placer). “De mi piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera”, dice el epígrafe de Aprendiendo de las drogas, de Escohotado. El cuerpo es nuestra última zona autónoma, el lugar donde pensamos, deseamos, percibimos y discutimos el mundo, libremente. Sólo una lobotomía, las castraciones vejatorias de la Edad Media, las infibulaciones de las mujeres musulmanas, pueden inhibir autoritariamente los placeres de la imaginación o el sexo, la búsqueda humana de la dicha. Entonces: el realismo nos exige reconocer que nunca la prohibición ha impedido que la gente se masturbe o se embriague, y lo seguirá haciendo por medios lícitos o ilícitos. Todo lo contrario: su persecución fanática sólo ha reforzado la práctica que desea abolir, dando origen a toda una corriente subterránea, ilegal, clandestina, que la propicia y hace posible. ¿Por qué se insiste entonces en la censura en lugar de poner en circulación toda la información posible sobre las drogas, sobre sus efectos, su toxicología, su relación con la cultura? Si no sólo se hablara de los terrores del hachís o la ayahuasca, sino también del  beneficio estético y hasta espiritual que han extraído de ellas incontables artistas y poetas y músicos y científicos, para ampliar nuestra mirada más allá de la percepción sesgada de la sobriedad; si se aprendiera de las drogas sin prejuicios maniqueos, los adolescentes y los niños no estarían a merced de la extorsión, sino que serían acompañados por sus padres y maestros (o por los libros) en la posibilidad de conocerse a sí mismos, y aprender a decidir soberanamente sobre su cuerpo.

6/ (“Al reír siente uno cómo le crecen pequeñas alas. La risa y el aleteo son parientes… Especie de baile en puntas de la razón”, escribe Walter Benjamin durante una exploración de hachís. ¿Qué hay de nocivo en ser visitados de vez en cuando por la inteligencia cómica, por la risa, el juego, el humor?)

7/ Las argumentaciones a favor de la despenalización de las drogas no son recientes ni se presentan con esa simplificación burda que tú (y también Carlos Marín) alega: tienen por lo menos cuarenta años e incluyen entre sus defensores a escritores, científicos, filósofos, economistas, estadistas, abogados, legisladores y hasta empresarios, lo mismo liberales que de izquierda, anarquistas y pequeños propietarios. Insistes, Heriberto, en que los intelectuales defienden la legalización, pero no han dicho cómo. Te equivocas. Existen incontables propuestas sobre esa transición (desde todos los puntos de vista, legales y mercantiles, sanitarios y educativos, etc.) Que no las conozcas, que no hayas investigado sobre ellas, no significa que no existan. (Comparto contigo algunos links y bibliografía al final de mi perorata.) En la mismísima cámara de diputados se han planteado (con la participación de médicos, activistas, politólogos, psiquiatras), los modos y los tiempos en que podría suceder esa regulación. Las deliberaciones fueron públicas, se transmitieron por televisión y la gente de a pie podía asistir a ellas. Asomarse a la propuesta de California, también podría esclarecerte el panorama. Por supuesto que podemos imaginar un mundo post narco, ya existe: es el mundo post mafia, sin encarnaciones del bien y del mal, Alcapone vs. Ness, con vinaterías abiertas, mayoría de edad para el consumo, campañas de prevención, pago de impuestos, gasto público en educación. Habrá adictos, como hay alcohólicos y televiciosos. Pero no 40,000 muertos sin rostro. Y entonces nos sentaríamos a pensar si acudimos a las drogas porque nos hemos quedado sin dioses o por espíritu lúdico o porque sentimos horror de nosotros mismos o porque la sobriedad no alcanza para tolerar a nuestros semejantes o por hastío o ritual o lo que sea. Y veríamos si una vez desmantelada la principal fuente de ingresos del crimen organizado, podría perpetuar su poder corruptor.

8/ Nadie podría decir ahora que la legalización de las drogas es la panacea frente al abismo mexicano. Cuatro décadas de prohibición y pactos en lo oscurito crearon condiciones de impunidad que hoy avanzan por muchas otras direcciones. Pero la única forma de contener lo que parece ya incontenible es reduciendo los espacios de acción del crimen que hoy encuentra en el mercado ilegal de drogas la mayor fuente de su poder económico y su arsenal de armas. Lo cierto es que si desde hace cuarenta años se hubieran atendido los argumentos de despenalización toda esta pesadilla criminal se habría reducido (como sucedió cuando se legalizó el alcohol en Estados Unidos); si desde entonces la moral puritana (o los intereses comerciales que aguardaban detrás de ella) hubiera tratado de ver las cosas desde otro punto de vista, no tendríamos por qué renunciar al derecho individual de conocer el mundo por otros medios, ya sean los libros, el internet, el hachís o la meditación zen. Pero el narco también es mercado, en su estado salvaje, y su ilegalidad ha convenido a todo un sistema financiero que se ha dejado penetrar por el lavado de dinero desde hace décadas. Es a ellos a quienes hay que pedirles que dejen el discurso de la doble moral: condenar públicamente al narco y aceptar bajo la mesa, sus dádivas y sobornos.

9/ Para terminar (y volver a la escritura). Sabes que leo con interés, a veces con complicidad, tus ensayos y artículos desde hace tiempo. Trato aquí de ampliar la discusión, más allá de la falacia, la simplificación, el desconocimiento y, sobre todo, el retorno de una moral policiaca para justificar una guerra inútil y de antemano perdida. Podría sumarme a tu llamado de no consumir drogas en tanto estén en manos criminales (también se podría invitar al cultivo de hidroponias y al autoconsumo), si de tu parte y la de todos los detractores rígidos de la legalización se sentaran también a escuchar las propuestas de miles de organizaciones civiles del mundo entero que hoy diseñan proyectos viables y detallados de otra realidad posible, infinitamente menos oscurantista e irracional. Lo que trato de argüir aquí en definitiva es que no ha sido el consumo, sino la clasificación de las drogas como delito, lo que las ha convertido en el negocio del siglo. Entender eso es complejo, pero nos tiene metidos en una encrucijada tan escabrosa que deberíamos darnos el tiempo de pensar mejor nuestros argumentos. Cuando llamas a los marchistas a no consumir drogas (suponiendo arbitrariamente que todos ellos las consumen o son clientes morosos de algún dealer), ¿lo haces por espíritu de provocación o porque realmente crees que eso llevará a la quiebra al Cártel de Sinaloa? Acudir al cliché del escritor como mariguano o cocainómano es absurdo. Las arcas millonarias del narco no las alimentan los tres o cuatro poetas de tu barrio, sino millones de personas que forman parte de esta sociedad dopada, desesperanzada, y para colmo, criminalizada. Discutamos sobre eso.


un abrazo,
v[ivian abenshushan]

Entre bomberazos, bomberos, mucho calor y Daniela Romo.

Apuntes. 95

La culpa puede convertirse en un refugio. Pero en ocasiones adquiere las dimensiones de un estadio de béisbol. Y el parque está repleto. Y sientes a los aficionados gritarte antes de cada lanzamiento.

[Carlos Velázquez, en La marrana negra de la literatura rosa.]

Apuntes. 94

Con el frío aumenta la claridad.

&

Con la claridad aumenta el frío.

[Thomas Bernhard, en Mis premios.]

Luz María Dávila / I

Hace aproximadamente siete meses, las palabras con las que Luz María Dávila imprecara al presidente Calderón le dieron la vuelta a la nación. Apenas unos días antes, en lo que todavía se denomina como una “equivocación”, un comando había asesinado a 17 jóvenes que participaban de un convivio en Villas de Salvarcar, una colonia en el suroeste del centro urbano más peligroso de México, si no es que del mundo entero: Ciudad Juárez. Dos de esos jóvenes eran sus hijos: Marcos y José Luis Piña Dávila, de 19 y 17 años de edad respectivamente. Sus únicos hijos. Los piñitas; así les decían. La reacción de Luz María Dávila ante su pérdida personal y el dolor colectivo no sólo me conmovieron como a tantos otros sino que también me hizo sentir una especie de sedimentado orgullo por ser conciudadana de esa mujer que, como Antígona, no se amedrentaba. Admiré, pues, de entrada, su valentía. Usted no es bienvenido, señor Presidente. Yo no le doy mi mano. Y luego, a medida en que desdoblaba su lenguaje, admiré incluso más su dignidad. Ya lo decía Borges: Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados y no con los griegos victoriosos. Quizá sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas corresponde a la victoria.

La noticia de la masacre, una más en una escalada de violencia que no ha dejado de aumentar desde que el presidente Calderón impusiera unilateralmente una guerra del todo fallida sobre el país, dejó impávidos a muy pocos. Luz María Dávila, una trabajadora de una maquiladora de bocinas, había pronunciado palabras que, siendo como eran poderosas y trémulas, también eran básicas y certeras. Por esa razón, decidí entonces resaltar esas palabras suyas, mezclándolas con las de Sandra Rodríguez Nieto, una de las periodistas que reportó los eventos; así como con algunos adjetivos de Ramón López Velarde, el poeta que releía por enésima vez en ese entonces. Lo que resultó de ese primer encuentro apareció en mi blog el 12 de febrero. El texto respondió al título de La Reclamante: Discúlpeme, señor Presidente, pero no le doy/ la mano/ usted no es mi amigo. Yo/ no le puedo dar la bienvenida/ Usted no es bienvenido/ nadie lo es.// Luz María Dávila, Villas de Salvarcar, madre de Marcos y José Luis Piña Dávila de 19 y 17 años de edad.// No es justo/ mis muchachitos estaban en una fiesta/ y los mataron.// Masacre del sábado 30 de enero en Ciudad Juárez, Chihuahua, 15 muertos.// Quiero que usted se disculpe por lo que dijo/ señor Presidente, que eran pandilleros…/ ¡Es mentira!/ Uno estaba en la prepa y otro en la UACH;/ no estaban en la calle,/ estudiaban y trabajaban.// Porque aquí/ en Ciudad Juárez, póngase en mi lugar// Villas de Salvarcar, mi espalda, mi fulmínea paradoja// hace dos años que se están cometiendo asesinatos/ se están cometiendo muchas cosas// cometer es un verbo fúlgido, un radioso vértigo, un letárgico tremor// se están cometiendo muchas cosas y nadie hace algo./ Y yo sólo quiero que se haga justicia,/ y no sólo para mis dos niños// los difuntos remordidos, los fulmíneos masacrados, los fúlgidos perdidos// sino para todos. Justicia.// Encarar, espetar, reclamar, echar en cara, demandar, exigir, requerir, reivindicar.// ¡No me diga ‘por supuesto’, haga algo!/ Si a usted le hubieran matado a un hijo,/ usted debajo de las piedras buscaba al asesino// debajo de las piedras, debajo de piedras, debajo de// pero como yo no tengo los recursos// limosnas para las aves, mis huesos/ mi carne/ de tu carne mi carne// póngase en mi lugar, póngase/ mis zapatos, mis uñas, mi calosfrío estelar// no los puedo buscar porque no tengo/ recursos, tengo/ muertos a mis dos hijos.// Byagtor: entierro a cielo abierto que significa literalmente “dar limosnas a los pájaros”.// Tengo mi espalda. Mi lágrima. Mi martillo./ No tengo justicia. Póngase/ en su sitio: Villas de Salvárcar, ahí/ donde mataron a mis dos hijos.// Usted no es mi amigo, ésta/ es la mano que no le doy, póngase/ Señor Presidente/ en su lugar, le doy/mi espalda// mi sed, le doy, mi calosfrío ignoto, mi remordida ternura, mis fúlgidas aves, mis muertos// Y la mujer bajita, de suéter azul, salió del salón limpiándose las lágrimas.

En aquel entonces no sabía yo que una casualidad me llevaría a conocer personalmente a Sandra Rodríguez en la Ciudad de México y que, todavía un poco después, sería invitada a participar en un festival literario que me llevaría de regreso a Ciudad Juárez y, en consecuencia, a Luz María Dávila. En aquel entonces yo no sabía que, ante la insistencia de la pregunta acerca de los héroes del bicentenario, terminaría pensando en la conducta de esa mujer bajita de suéter azul como una que recupera, concentrándolas, siglos enteros de esas tradiciones de resistencia popular que han mantenido al país a flote ante la ineptitud de sus gobernantes. En aquel entonces no sabía yo, pues, que regresaría a su casa a preguntarle: Y a siete meses de su pérdida que es nuestra, Doña Luz María, ¿qué le diría usted ahora al Presidente?

—Cristina Rivera Garza

[Tomado de Milenio]

Rendición aparente

Hola a todos,
a raíz de los últimos acontecimientos, pero también como respuesta a meses, años de desgaste, los artistas, pensadores, lectores, escritores, profesores, estudiantes, críticos y demás ciudadanos interesados, mexicanos de nacimiento o de corazón, debemos comenzar a criticar, protestar, imaginar y proponer, de una manera activa y sistemática. Creemos que nos urge inventar recursos para ser quienes somos y no quienes nos están acorralando a ser. Tratando de superar, nosotros también, nuestra aparente rendición ante lo que nos sucede. Nuestra perplejidad constante.

Quiero invitarlos a que busquemos la manera de inventarnos entre todos un proyecto crítico y riguroso para manifestarnos contra la inseguridad que se está viviendo en México. Necesitamos cómplices, ideas, inventos. Necesitamos escucharnos los unos a los otros, saber qué nos ocurre más allá del hartazgo y el dolor, proponer caminos, encauzar quejas, rebelarnos.

Somos muchos y somos necesarios. No pueden convencernos de lo contrario. Y no podemos seguir diciendo que no hay nada que hacer, nada que inventar o nada que cambiar. Que todo va a seguir siempre igual. Porque si es así, nosotros tampoco vamos a ser distintos. Y eso no podemos aceptarlo.

Debemos ser capaces de argumentar, comprender, dialogar. Desde adentro y desde afuera. Debemos pensar que tenemos algo que decir enfrente de todo lo que está ocurriendo. Que nos toca. Que somos capaces de establecer una conversación seria y crítica alrededor de todas las cosas que nos atañen. Y que no podemos hacerlo solos. Sino que debemos recurrir a los demás para que nos ayuden a entender, a entendernos. Y, sobre todo, tenemos que hablar por / con los millones de mexicanos que no pueden hacerlo.

Porque todavía somos capaces de pensar que podemos inventar nuevas maneras de expresarnos. Y este foro es un inicio que trata de ser honesto y exigente. De evitar que sigamos resignándonos. De convertirse en algo nuestro y valioso.

Súmate a este llamado. Es una propuesta artística, radicalmente independiente y ciudadana que tiene que ver con todos nosotros. Una lectura de nuestra sociedad que hoy resulta urgente y que debemos hacer entre todos. Inventa, propón, sugiere. Y apoya esta iniciativa firmando esta carta para que podamos ver primero cuántos somos y después qué es lo que somos capaces de hacer. Qué ocurre.

Lolita Bosch

Aquí el link: nuestraaparenterendicion.blogspot.com

Con un ramillete entre los dientes

En México existe una curiosa modalidad que se entiende como el arte de la renta. Se pueden tomar en alquiler, por ejemplo, personas dispuestas a pasar por dinero dos noches de cárcel en representación nuestra cuando hemos sido sorprendidos por la policía conduciendo después de haber ingerido más alcohol que el permitido. Se puede rentar también un infante en la puerta del Museo del Niño, pues ingresar acompañado de un menor es el requisito indispensable para visitarlo. En las entradas de emergencia de los hospitales siempre hay señoras dispuestas a fungir como familiares de los pacientes, pues una de las reglas para admitir enfermos es que haya siempre algún pariente, sentado en la sala de espera todo el tiempo que dure el internamiento, que se haga responsable de la situación. Con esa misma lógica se puede rentar a sujetos que golpeen o maten a un enemigo, como a personas que presten sus nombres para que aparezcan como titulares de negocios turbios. Ante la violencia e impunidad que poco a poco toma el país en un rumbo que parece no tener marcha atrás, he pensado en más de una ocasión en alquilar a alguien que escriba en mi nombre. Una persona que pueda hacer frente a la situación sin que yo tenga que ver involucrado mi trabajo personal. Es que en México todos estamos aterrados y, sin embargo, muchos de nosotros no nos lo tomamos a título personal. Es como si existiera un país conformado sólo por arrendadores y arrendatarios. Da la impresión de que un sector de la sociedad ha rentado a otro para que haga el papel de muerto, de sicario, de descuartizado, de autoridad corrupta, de mujer desaparecida porque, aunque parezca difícil creerlo, el común de los ciudadanos cree que se trata de una situación que le atañe sólo de manera tangencial. Allá ellos, parecen decir. Mientras yo no sea rentado como víctima o victimario no tengo nada que ver en el asunto. Las imágenes más fuertes que hemos visto estas semanas, lamentablemente no tienen la novedad que algunos pretenden que posean. Más bien parece que la propaganda que despiertan ciertos hechos actuales sirven de velo para ocultar a rentados anteriores. La aparición furibunda de grupos de narcotraficantes da la idea que querer suplantar de manera perfecta a las muertas de Juárez, a las matanzas indígenas, a los secuestros y torturas que van en línea recta desde la frontera sur a la norte del país. Sólo de esa manera, en su carácter de seres rentados, es posible imaginar como algo fuera de lo común pero de alguna forma admitido, el hallazgo de un autobús estacionado al lado de una carretera con el chofer y los pasajeros perfectamente sentados pero sin cabeza, o la aparición de los cadáveres de las personas secuestradas decoradas con un rozagante ramo de flores amarillas saliendo de la boca. Deseo por eso alquilar a alguien que me suplante para yo poder vivir en esta sociedad con la conciencia tranquila. Para ser uno de los tantos mexicanos comunes y corrientes para los cuales hay sólo cierto desequilibrio social en algunas regiones. No tengo tanto dinero como para rentar un Presidente o a un grupo que haga las veces de políticos de alto nivel. Menos aún para pedir los servicios de alguien que personifique el papel de una Secretaria de Estado de un país vecino. Los imagino a los dos. Al Presidente y a la Secretaria de Estado alquilados discutiendo de asuntos cruciales con la franqueza que sólo la suplantación puede otorgar. Pero como eso no sucederá, pues ninguno de los dos expresará con franqueza lo que desea del otro ya que ambos tienen mucho que perder si lo hacen, la situación seguirá un rumbo ya entrevisto. Tal vez el hecho de rentarnos los unos a los otros de maneras tan extravagantes, nos haya llevado a perder de vista que en este extraño trueque la muerte es la única que se atreve a pedirnos en alquiler para huir después sin pagarnos ni un solo centavo a cambio.

—Mario Bellatin

[Tomado de nuestraaparenterendicion.blogspot.com]

Apuntes. 97
Apuntes. 96
Contra la satanización de las drogas
Apuntes. 95
Apuntes. 94
Luz María Dávila / I
Rendición aparente
Con un ramillete entre los dientes

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saúl hernández | edicionespatito@gmail.com

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