¿Le cae?

¿Recuerdan aquella vez que se desplomó el helicóptero de Ulises Ruiz? El aparato se impactó con todo y comitiva contra el cerro de San Felipe. El sátrapa salió ileso.

Ese día de invierno del 2008, me encontraba en casa, reflexionando sobre la cruel y extraña ironía que encerraba el asunto, cuando llegó mi casera pidiendo el dinero de la renta. Yo le cambié el tema, intentando atraer su atención hacia el incidente aeronáutico. Mi casera ya estaba informada. Incluso había llegado a sus propias conclusiones: me dijo que todo había sido un montaje, una maniobra distractora del gobierno. Luego insistió con lo de la renta. Le pedí una prórroga. Discutimos. En fin, eran tiempos de crisis.

Esa tarde me quedé pensando en las conclusiones de mi casera. Imaginé al repudiado gobernador, muy firme y serio:

-Ahí, cabrón, déjate caer ahí en esa ladera, con todo y helicóptero, güey.

Imaginé también al piloto, arrugando las cejas detrás de sus gafas Ray Ban:

-Con todo respeto, señor gobernador… ¿le cae?

Claro que algo hay de absurdo en la cuestión, pero mi casera sólo estaba expresando un razonamiento habitual. Supongo que los mexicanos estamos desarrollando mecanismos de escepticismo y suspicacia cada vez más aparatosos, directamente proporcionales a las desmesuras que nuestros gobernantes suelen declarar a los medios de comunicación. Pensé en el candidato Colosio asesinado por dos Aburtos, en la vidente Paca descubriendo osamentas para la Procuraduría General de la República, en el cardenal acribillado por accidente, en la matanza de Acteal, resultado de un pleito entre vecinos, en la vendedora de aguas capaz de secuestrar a seis agentes federales. Pensé, claro, en el gobernador Murat, visiblemente ebrio, denunciando su autoatentado. Y en los asesinatos del 2006 oaxaqueño, todos ocurridos “por la violencia del conflicto”.

Construir ficciones está en la naturaleza misma del poder. Vamos, los gobernantes mienten en todos lados. Y mientras los ciudadanos desconfiamos por sistema y especulamos animadamente sobre las posibilidades ocultas, las mentiras se acumulan.

En lógica, cuando se cuestiona una premisa falsa, para sostenerla es necesario argumentar sucesivamente con otras premisas falsas hasta llegar a conclusiones absurdas.  Pienso que eso es lo que nos está pasando. Este sexenio, finalmente, nos ha reducido al absurdo.

Al ser cuestionado (en cómoda entrevista con Televisa) sobre el asesinato de 72 migrantes de este lado de la frontera, el presidente Calderón logró encontrarle el lado bueno al asunto: dijo que el suceso era una señal de que los cárteles pierden poder de reclutamiento.

Ah, bueno.

La masacre ocurre justo al término de los diálogos sobre seguridad convocados desde Los Pinos. Después de escuchar un alud de voces en contra, el ejecutivo federal anuncia: la violencia seguirá, el ejército continuará en las calles, y si quieren discutir sobre legalización de drogas, háganlo.

Y así las cosas, la argumentación no ha variado un ápice: los 30 000 asesinatos y el terror  en las calles no son más que efectos colaterales de una serie de acciones emprendidas por nuestro gobierno para cuidar nuestra salud y garantizar nuestra seguridad. Cada ejecución es una prueba de que nuestro gobierno está trabajando.

Ah, bueno.

Las autoridades estadounidenses en la materia sostienen un discurso homogéneo y ortodoxo: “será largo y doloroso, costará muchas vidas (las mismas advertencias para su “guerra contra el terrorismo”), pero es necesario “el gran esfuerzo y colaboración del gobierno mexicano…”

Y los contratistas del plan Mérida (los mismos que se han forrado de dólares en Irak y Afganistán), siguen generándose beneficios con dinero de contribuyentes norteamericanos. Las nuevas modalidades de la “guerra” son idóneas para los negocios: tropas que no avanzan ni retroceden, enemigos invisibles, objetivos abstractos. Máquinas de picar carne en el terreno. Las ganancias continúan.

Mientras tanto, los mexicanos procesamos la información como podemos. En las sobremesas intercambiamos datos sobre zetas, el Chapo, la Familia Michoacana y los Beltrán Leyva. Sospechamos, especulamos y desconfiamos de todo. Pero la sospecha no nos ha resultado útil para esclarecer la situación. Nuestras conclusiones se conjugan con el verbo “dicen”.

Sin embargo, pienso que la masacre de El Huizachal no es un acumulado más de las cifras de muertos que leemos diariamente como se revisan los índices en la bolsa de valores, sino un cisma en lo que se refiere a la percepción del problema.

Todo asesinato puede hoy asignarse al saldo de la “guerra”, pero, ¿quién nos habla de esos miles de muertos? ¿No tendríamos que vincular los hechos a las ejecuciones metódicas en granjas de rehabilitación, penales y colonias fronterizas? Los cuerpos encontrados en fosas, ¿eran efectivamente miembros de la mafia?

¿Qué cifra necesitamos, exactamente, para llamar a esto exterminio?


— Fernando Lobo



[www.oaxacalibre.orgwww.proyectable.blogspot.com]
 

¿Le cae?

¿Recuerdan aquella vez que se desplomó el helicóptero de Ulises Ruiz? El aparato se impactó con todo y comitiva contra el cerro de San Felipe. El sátrapa salió ileso.

Ese día de invierno del 2008, me encontraba en casa, reflexionando sobre la cruel y extraña ironía que encerraba el asunto, cuando llegó mi casera pidiendo el dinero de la renta. Yo le cambié el tema, intentando atraer su atención hacia el incidente aeronáutico. Mi casera ya estaba informada. Incluso había llegado a sus propias conclusiones: me dijo que todo había sido un montaje, una maniobra distractora del gobierno. Luego insistió con lo de la renta. Le pedí una prórroga. Discutimos. En fin, eran tiempos de crisis.

Esa tarde me quedé pensando en las conclusiones de mi casera. Imaginé al repudiado gobernador, muy firme y serio:

-Ahí, cabrón, déjate caer ahí en esa ladera, con todo y helicóptero, güey.

Imaginé también al piloto, arrugando las cejas detrás de sus gafas Ray Ban:

-Con todo respeto, señor gobernador… ¿le cae?

Claro que algo hay de absurdo en la cuestión, pero mi casera sólo estaba expresando un razonamiento habitual. Supongo que los mexicanos estamos desarrollando mecanismos de escepticismo y suspicacia cada vez más aparatosos, directamente proporcionales a las desmesuras que nuestros gobernantes suelen declarar a los medios de comunicación. Pensé en el candidato Colosio asesinado por dos Aburtos, en la vidente Paca descubriendo osamentas para la Procuraduría General de la República, en el cardenal acribillado por accidente, en la matanza de Acteal, resultado de un pleito entre vecinos, en la vendedora de aguas capaz de secuestrar a seis agentes federales. Pensé, claro, en el gobernador Murat, visiblemente ebrio, denunciando su autoatentado. Y en los asesinatos del 2006 oaxaqueño, todos ocurridos “por la violencia del conflicto”.

Construir ficciones está en la naturaleza misma del poder. Vamos, los gobernantes mienten en todos lados. Y mientras los ciudadanos desconfiamos por sistema y especulamos animadamente sobre las posibilidades ocultas, las mentiras se acumulan.

En lógica, cuando se cuestiona una premisa falsa, para sostenerla es necesario argumentar sucesivamente con otras premisas falsas hasta llegar a conclusiones absurdas.  Pienso que eso es lo que nos está pasando. Este sexenio, finalmente, nos ha reducido al absurdo.

Al ser cuestionado (en cómoda entrevista con Televisa) sobre el asesinato de 72 migrantes de este lado de la frontera, el presidente Calderón logró encontrarle el lado bueno al asunto: dijo que el suceso era una señal de que los cárteles pierden poder de reclutamiento.

Ah, bueno.

La masacre ocurre justo al término de los diálogos sobre seguridad convocados desde Los Pinos. Después de escuchar un alud de voces en contra, el ejecutivo federal anuncia: la violencia seguirá, el ejército continuará en las calles, y si quieren discutir sobre legalización de drogas, háganlo.

Y así las cosas, la argumentación no ha variado un ápice: los 30 000 asesinatos y el terror  en las calles no son más que efectos colaterales de una serie de acciones emprendidas por nuestro gobierno para cuidar nuestra salud y garantizar nuestra seguridad. Cada ejecución es una prueba de que nuestro gobierno está trabajando.

Ah, bueno.

Las autoridades estadounidenses en la materia sostienen un discurso homogéneo y ortodoxo: “será largo y doloroso, costará muchas vidas (las mismas advertencias para su “guerra contra el terrorismo”), pero es necesario “el gran esfuerzo y colaboración del gobierno mexicano…”

Y los contratistas del plan Mérida (los mismos que se han forrado de dólares en Irak y Afganistán), siguen generándose beneficios con dinero de contribuyentes norteamericanos. Las nuevas modalidades de la “guerra” son idóneas para los negocios: tropas que no avanzan ni retroceden, enemigos invisibles, objetivos abstractos. Máquinas de picar carne en el terreno. Las ganancias continúan.

Mientras tanto, los mexicanos procesamos la información como podemos. En las sobremesas intercambiamos datos sobre zetas, el Chapo, la Familia Michoacana y los Beltrán Leyva. Sospechamos, especulamos y desconfiamos de todo. Pero la sospecha no nos ha resultado útil para esclarecer la situación. Nuestras conclusiones se conjugan con el verbo “dicen”.

Sin embargo, pienso que la masacre de El Huizachal no es un acumulado más de las cifras de muertos que leemos diariamente como se revisan los índices en la bolsa de valores, sino un cisma en lo que se refiere a la percepción del problema.

Todo asesinato puede hoy asignarse al saldo de la “guerra”, pero, ¿quién nos habla de esos miles de muertos? ¿No tendríamos que vincular los hechos a las ejecuciones metódicas en granjas de rehabilitación, penales y colonias fronterizas? Los cuerpos encontrados en fosas, ¿eran efectivamente miembros de la mafia?

¿Qué cifra necesitamos, exactamente, para llamar a esto exterminio?


— Fernando Lobo



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